martes, 21 de junio de 2016

No es un error enmendado

Es 4 de marzo de 2014. Fuera de estas murallas se haya un ejército que pretende entrar, los soldados más despiadados mienten y acorralan a mis guardias, consiguen entrar poco a poco pero todavía no saben dónde se esconde mi luz. La desean porque la suya ha huido de sus cuerpos, porque creen que la mía es la más potente de este lugar cuyas fronteras desconozco; a pesar de que realmente ni tan siquiera llega a iluminarme el camino más allá de mis pies, cada paso que doy es en falso.

Es una batalla que dura siglos y al mismo tiempo un momento, en un abrir y cerrar de ojos veo que los cañones de sus armas me apuntan y todos ellos están preparados para disparar. No quieren matarme, anhelan su destello, pero es que mi luz es una niña pequeña que se te escapa de entre los dedos cuando intentas atraparla. Te mira a los ojos y se burla, tan voluble, tan caprichosa... y después de todo, así ha de ser, así como es. Es decir, si no fuera así, ¿qué gracia tendría atraparla? Ella no es nada sin su poderosa aliada y enemiga, no hay valor en su presencia si no has conocido antes su ausencia, si no has pasado días y noches anhelándola.


Mírala correr alrededor de la sala abrazando a gente desconocida mientras desde tu silla contemplas las mil diferencias que te dividen de ella. Siéntate conmigo que yo te explico qué se siente cuando de repente ésta desaparece tras agarrarte las manos suavemente en un trayecto finito, siempre finito. Tan suave que un poco de viento las separa como la hoja de un árbol que cae en pleno otoño.
Pequeña rebelde, señorita felicidad, ¿podrías explicarme por qué me tratas tan mal? Me ignoras mientras ríes viendo mis lágrimas caer, ¿no te da pena saber que jamás te tendré? Por favor, ven. 

Han conseguido llevarse la luz y sé que volverán a por más en cuanto se den cuenta de que no es suficiente, pero no tengo nada que dar, no tengo nada que poder ofrecerles para que me dejen en paz. No hay luz entre estas paredes. Me lanzo al vacío bajo la creencia de que en algún punto de la caída esa niña caprichosa vendrá a sujetarme la mano.

domingo, 7 de febrero de 2016

Fantasías

Me veo rodeada de mentes interesantes que quiero conocer, quiero sentirme libre para explorar otras historias y fusionarlas conmigo compartiendo una sonrisa de madrugada en una cama que no es la mía, en una habitación desordenada después de que una conversación ilógica haya subido de tono y... joder, no sé, dos cuerpos desnudos totalmente cómodos con la protección que ofrece algo tan sincero como amar un cuerpo y una mente en su totalidad, entregárselo todo a alguien aunque sólo sea en un momento.

Hay una mente que me asombra. Es sencilla y compleja al mismo tiempo, parece haber vivido y sufrido muchísimo pero la veo sonreír mientras escapa a mi mirada e involuntariamente de manera descuidada se queda un mechero que alguien le ha prestado y me resulta una escena encantadora realmente: "instinto de supervivencia". Escucho atentamente cada palabra que sale de su boca, intento imaginarme lo que puede haber llegado a vivir; a veces reímos a carcajadas con cosas que parecen locuras, pero que realmente pasaban no hace demasiados años atrás. Todo ha cambiado, todo está cambiando.

Llego a mi habitación y desde la cama imagino la posibilidad de que la conversación que se vaya por las ramas. Puede que él sea más directo pero en mi cabeza ya le he hecho el amor tres veces -a cada cual más intensamente- en el tiempo en el que sus labios se fuman un cigarro. Imagino el lugar donde vive, el desorden... mi cabeza se escapa hacia donde realmente quiere ir; creerme si digo que en la manera en la que imagino recorrería mi cuerpo da para escribir, el modo en que me desnudaría ante su mirada y lentamente caminaría hacia él.

Sus piernas abren las mías, se agarra a mis caderas, juega rozando nuestros sexos. Me estremezco, mi respiración se entrecorta y estoy esperando el momento adecuado para liberarme de su juego y cabalgar sobre él, quitarle esa sonrisa para dejarte los ojos en blanco... jugamos con fuego. Espero que entienda que soy frágil y sensible, siento demasiado y de todos modos no me basta. Me echo hacia atrás y disfruto de este roce algún tiempo más... dulce tortura. Estoy prácticamente tumbada encima de la mesa y él de pie en el final de ésta -joder, qué perspectiva, pero le quiero más cerca-, "se acabó, voy a por ti."

Levanto mi torso y recorro su cuello entre besos y mordiscos, puedo sentir sus labios cerca, no quiero esperar más, le beso tímidamente al principio, le abrazo... tengo miedo a romperme, por favor, no me dejes caer. Levanta mi cabeza y me besa con fuerza, estamos tan pegados que se podría decir que nuestro cuerpo es uno. Bajo de la mesa, bajo al suelo; no estamos en misa pero yo estoy de rodillas y rogarás a Dios que no pare.

Ahora que está en el lugar que quiero, con -espero- ganas de vivirlo, lo dejo como trabajo de imaginación al lector, e intención de que recorra en algún momento mi cuerpo para descubrir mis secretos, y yo los suyos.

jueves, 14 de mayo de 2015

¿Y ahora qué?

La sala estaba iluminada por la tenue luz de un par de lámparas situadas a los lados de la sala, y nosotros estábamos bajo el foco. Sólo nosotros. Podría decirse que formábamos parte de la obra, y por lo menos yo, sufrí el (re)encuentro. He de admitir que hacía mucho tiempo que no me sentía tan protegida. Pero creo que he de retroceder para poder explicarme bien.
 Reencuentro. Una sala de cine completamente vacía a nuestra disposición, y tras veinte minutos de espera caímos en la cuenta de que se habían olvidado por completo de poner la película. Hace tiempo que no nos vemos pero estamos distraídos pensando en lo que está pasando, el momento incómodo desaparece entre risas. Me alegro de volver a verte reír. Sí, reímos porque se han olvidado de nosotros una vez más, patéticos bohemios adolescentes con las hormonas al pie del cañón.


La película muestra más de nuestra historia de lo que hubieses esperado, tanto individual como conjunta. Partes del libro se me vienen a la cabeza y me hacen recordar otros momentos que hemos vivido juntos, el ritmo cardíaco se dispara y las mejillas comienzan a encharcarse; trato de taparme como puedo, sé que no harás nada al respecto. Me equivoco. Somos un par de idiotas que tratan de reprimir sentimientos guardados en una pesada jaula de cristal que pende de un hilo, rompemos a llorar. Es bonito decir tanto con un abrazo, cogiendo una mano, con una mirada... ¿no crees? La película transcurre demasiado rápido, demasiado lento... estamos pegados el uno al otro y se siente como estar en casa de nuevo. Siento cómo te tensas en algunos momentos, escucho cómo tu respiración se acelera, veo las lágrimas en tus ojos... ven, más cerca, te estás helando y quiero que estemos a temperatura, déjame abrazarte. Ven.


El telón baja, la obra no ha acabado, estos personajes aún tienen algo que decir todavía. De hecho tienen mucho que decir, algo que puede alargarse innecesariamente con palabras; no tenemos tiempo para perderlo. Te acercas y me besas, tus labios son suaves, tu boca es suave... desearía poder abrazarte y acariciarte mientras nos besamos, necesito más manos. Cómo he echado de menos tus brazos rodeándome, notar que realmente quieres besarme y sentir que tú tampoco quieres soltarme, que es la temperatura perfecta para poder quedarnos quietos durante un tiempo. 
Me gusta pasear con tu mano entrelazada en la mía, sé que siempre he sido reticente a este tipo de gestos pero lo haces parecer algo fácil y natural, reímos y no tengo ni idea de por qué. Por favor, quédate, si te marchas ahora vas a matarme. 
Este momento no puede alargarse más, has de irte por un rato. Te dejo en manos de una chica de figura y sonrisa hermosa, has de prepararte para el acto final. Nuestro acto final, y sólo queda un día.

No podría haberlo imaginado mejor, te ves ridículamente elegante y sexy con ese traje negro, la cara borrosa, el pelo despeinado... desearía poder ser yo quien bailase contigo esta última canción, pero aún así me consuela que decidirás volver a mis brazos cuando la música deje de sonar y yo estaré admirando la escena hasta que lo hagas. El acto aún no ha terminado, no dejes que la pintura traspase y te nuble los pensamientos, por favor. Y uno, y dos... su vestido baila al son de vuestros movimientos, es una gran puesta en escena; las luces os iluminan y recitas hasta que la música para.
Entonces vuelves, no hace falta que busques un beso, o que yo lo busque; nuestros labios se encuentran con una naturalidad que envidio a día de hoy, es hermoso. Poder descansar abrazada a ti, con la cabeza apoyada en tu espalda... me relaja. Ojalá pudiésemos quedarnos así durante mucho tiempo, ojalá no hubiese dormido sola esa noche, ni ésta...

Cae la tarde y paseamos agarrados e incluso abrazados, tratando de hacernos paso entre la gente que pasea entre los estantes llenos de libros. Buscas un libro que no encuentras, ni tan siquiera recuerdas el título... eres un desastre, como yo. Pero no importa, paseamos observando libros de autores que no conocemos, haciendo observaciones absurdas y recordando libros casi olvidados. Me siento idiota cuando me preguntas si conozco a algunos poetas, callo y sigo mirando. Pero me gusta, me gusta ver tus ojos recorriendo libros de arriba a abajo, en busca de uno de título borroso. Encantador, enloquecedor y... bueno, volvería a decir que eres un desastre, pero no soy quién para hablar de ello. El día acaba entre un recital de poesía y un columpio gigante que mece nuestros cuerpos, juntos... Es probable que hablásemos después, pero no lo recuerdo, supongo que me quedé dormida (otra vez).


Al día siguiente no haces aparición, pero hablamos. Al siguiente, tampoco. 

El día que hace que todo tenga un poco más de sentido... ¡estoy ansiosa por verte! Quiero ir a la montaña como la primera vez, quiero que toques la guitarra, quiero tocarla yo, que me lleves por caminos extraños y sentirme protegida. ¡Joder, qué ganas de verte y pedírtelo...! Pero... no, no vas a hacer aparición. Te encuentras mal, lo entiendo; las cosas se te vienen encima, lo entiendo; comienzas a hablar sobre cosas que han fallado otras veces, ¡retrocede, por favor, me estoy perdiendo! Dices que no puedo hacerte sentir bien sin que estés peor después, que te he provocado miedos, que te hago daño, que voy a ser la razón de tu fin. Que voy a ser la razón de tu fin. Que voy a ser la razón de tu fin... Que yo, que yo seré la razón de tu fin.
El pulso se acelera, no entiendo nada, golpeo las cosas y grito, ¡no soy capaz de entenderlo! ¡¿A qué viene ésto ahora?!, ¡¿qué he hecho?! Vienen a aporrear la puerta, muy fuerte, amenazas y más gritos salen de detrás de ella. Me levanto y la abro pero justo después me encojo y tiemblo. Lágrimas confusas y llenas de ira hacia mí misma corren mejillas abajo mientras me hacen preguntas; pero no soy capaz de pronunciar palabra, me bloqueo. Quiero estar sola. ¡Quiero estar sola!, ¡DEJADME SOLA! ¡DEJADME EN PAZ, FUERA! No, no lo comprendo... no soy capaz. De nuevo. ¿A qué ha venido ésto? Necesito aire, necesito que alguien me explique qué está pasando. ¿Si se lo hubiese pedido las cosas hubiesen sido distintas, hubiese tenido menos miedo? Realmente no tengo ni idea de qué he hecho. Necesito ayuda. No, ¡te necesito a ti!, ¡a ti! Y no puedo, no te tengo cerca, me apartas y no sé por qué, esta vez ya no sé buscarle el sentido, no lo encuentro, no puedo. No, esta vez no.

Nos autodestuimos individual y colectivamente, ahora, ya no sé dónde debes estar.

martes, 23 de septiembre de 2014

Cuentos para Eirika


Las calles iluminadas por la luz de las farolas, el frío aire indicando que el verano ha acabado y el bailoteo de las faldas y vestidos de algunas de las mujeres que salen al haber terminado la obra, dejan paso al silencio, a la tenue luz del escenario ya vacío.
Entre el público un hombre barre la suciedad que se ha ido acumulando a lo largo de las sesiones. Cuando termina su faena limpiando las butacas del público (con sus detalles bien perfilados sobre la madera y la suave piel sintética de desconocida procedencia), el triste trabajador consigue dibujar una sonrisa en su rostro al poner los pies sobre el escenario. Con cuidado, deja sus instrumentos de faena y se dirige hacia un violín que parece haber sido olvidado en uno de los asientos de los músicos. ¿Para qué va a coger un violín de un gran músico un simple empleado?, para llevar a cabo una de las mejores actuaciones que haya logrado ver el teatro, una actuación que sería capaz de arrancar un suspiro y una lágrima a la persona más fría del mundo. El artista, guarda cuidadosamente el instrumento en su maletín mientras se le dibuja una expresión triste de nuevo. Coge sus instrumentos de trabajo, apaga las luces, y deja la enorme sala.

Escondido, un escritor redacta los hechos mientras trata de contener las lágrimas de emoción. Se hace el silencio.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Cuentos para Eirika

El cielo se ha vestido de blanco esta mañana. Con su aliado el viento, está haciendo que todo a su alrededor baile: los árboles, la hierba, los largos abrigos de la gente..., ha cogido como escenario este sitio y se está llevando todo lo que tiene cerca a su pequeña fiesta, como gran líder. Cuando por casualidad las miradas de dos desconocidos se cruzan en un descuido de su lectura matinal, se sorprenden y paralizan los cuerpos. Quietos a unos diez pasos de distancia, se dedican a observarse el uno al otro con confusión. Aún sabiendo que no se conocen, con la seguridad de que no se han visto antes. 

Cuando por fin deciden reanudar su trayectoria y cruzar la calle, avanzan hasta llegar a estar uno al lado del otro, con el veleidoso sentimiento de que ese desconocido podría cambiarlo todo. «Dirá que soy una persona poco cuerda, si digo, que el hecho de verle si tan siquiera conocerle me hace sentir la piel de gallina», así que no se dirigen palabra alguna al otro. No obstante se conceden unos segundos para mirarse a los ojos.

Cuando por fin deciden marchar cada uno por su lado, se entristecen por un rato. Como si perdieran una parte de su vida que ni tan siquiera tuvo el placer de realizarse.