Es 4 de marzo de 2014. Fuera de estas murallas se haya un ejército que pretende entrar, los soldados más despiadados mienten y acorralan a mis guardias, consiguen entrar poco a poco pero todavía no saben dónde se esconde mi luz. La desean porque la suya ha huido de sus cuerpos, porque creen que la mía es la más potente de este lugar cuyas fronteras desconozco; a pesar de que realmente ni tan siquiera llega a iluminarme el camino más allá de mis pies, cada paso que doy es en falso.
Es una batalla que dura siglos y al mismo tiempo un momento, en un abrir y cerrar de ojos veo que los cañones de sus armas me apuntan y todos ellos están preparados para disparar. No quieren matarme, anhelan su destello, pero es que mi luz es una niña pequeña que se te escapa de entre los dedos cuando intentas atraparla. Te mira a los ojos y se burla, tan voluble, tan caprichosa... y después de todo, así ha de ser, así como es. Es decir, si no fuera así, ¿qué gracia tendría atraparla? Ella no es nada sin su poderosa aliada y enemiga, no hay valor en su presencia si no has conocido antes su ausencia, si no has pasado días y noches anhelándola.
Mírala correr alrededor de la sala abrazando a gente desconocida mientras desde tu silla contemplas las mil diferencias que te dividen de ella. Siéntate conmigo que yo te explico qué se siente cuando de repente ésta desaparece tras agarrarte las manos suavemente en un trayecto finito, siempre finito. Tan suave que un poco de viento las separa como la hoja de un árbol que cae en pleno otoño.
Pequeña rebelde, señorita felicidad, ¿podrías explicarme por qué me tratas tan mal? Me ignoras mientras ríes viendo mis lágrimas caer, ¿no te da pena saber que jamás te tendré? Por favor, ven.
Han conseguido llevarse la luz y sé que volverán a por más en cuanto se den cuenta de que no es suficiente, pero no tengo nada que dar, no tengo nada que poder ofrecerles para que me dejen en paz. No hay luz entre estas paredes. Me lanzo al vacío bajo la creencia de que en algún punto de la caída esa niña caprichosa vendrá a sujetarme la mano.