Cada vez más a menudo de lo que me gustaría admitir, un poco todo me paraliza. Es vertiginoso ver cómo de un momento a otro tu equilibrio se tambalea sobre un hilo fino, cosido puntada a puntada de preguntas que acechan sin previo aviso. Si fuese distinta, nada de esto pasaría; desharía cada una de ellas bajo el eco de una voz externa que procura calmarme con la fuerza de un "te quiero", el tambaleo cesaría y volvería a estar en paz. Aunque como siempre hay un pero, tengo la necesidad abrumadora de pararme un momento a coger perspectiva, sino, todo este hilo fino se volverá una enredadera cada vez más arraigada a mí. A veces se me olvida que el tiempo sí es relativo en según qué contexto, no se compara un minuto de calma a sesenta segundos de hostilidad. Pero como no soy distinta, piso con cautela por sitios que se pronuncian como mi hogar o familia; porque uno por uno terminaron por venirse abajo, así que busco una forma esquiva para no decir algunas cosas en voz alta y desconfío cuando me acecha la bruma.
Quizá también soy distinta porque presto mucha atención a los detalles. Me atrapa el contraste del cielo de media tarde con las ramas de los árboles, el tacto de las hojas de un cómic o un libro nuevo, la paleta de colores que tiñe el cielo cuando cae el sol o cómo alguien tararea una canción o mira con ternura a un ser querido. Me gustan las decoraciones de las cornisas de los edificios del centro o ciudades pequeñas, añoro olores, tengo morriña de sitios en los que no he permanecido por mucho tiempo, me enternece ver cómo alguien es agradecido ante detalles que para mí son básicos.
Proceso lento porque quiero quedarme con cada detalle, por si de pronto todo pesa o estás harto y cansado de verme sumida en una niebla que no termina de cesar. Tengo miedo porque desde que llegaste me gusta cómo se ven tus zapatillas al lado de las mías aunque no estés por casa; ver tu ropa en mi armario, saber qué quieres de poste y saber a tu postre favorito. Me da calma verte durmiendo y ponerte música que sé que te relaja aunque solo la escuches en el subconsciente, subirme a los bordillos... Echo en falta subirme a los bordillos. Quizá si fuese distinta te exigiría más tiempo, pero me hace feliz ver cada progreso que haces; aunque me apene pensar que a veces los vemos más claros el resto, confío en que paso a paso podrás verte con mis ojos. No te exijo porque no me debes, pero invierto lo más valioso que tengo contigo que es el tiempo de calidad y la calma de cuando todo está bien. Por eso, de tanto en tanto me siento pequeña y me abrumo; porque como no soy distinta, mientras todo esto pasa todavía estaré destejiendo mis miedos.