sábado, 8 de marzo de 2025

Cornisas Engalanadas

Cada vez más a menudo de lo que me gustaría admitir, un poco todo me paraliza. Es vertiginoso ver cómo de un momento a otro tu equilibrio se tambalea sobre un hilo fino, cosido puntada a puntada de preguntas que acechan sin previo aviso. Si fuese distinta, nada de esto pasaría; desharía cada una de ellas bajo el eco de una voz externa que procura calmarme con la fuerza de un "te quiero", el tambaleo cesaría y volvería a estar en paz. Aunque como siempre hay un pero, tengo la necesidad abrumadora de pararme un momento a coger perspectiva, sino, todo este hilo fino se volverá una enredadera cada vez más arraigada a mí. A veces se me olvida que el tiempo sí es relativo en según qué contexto, no se compara un minuto de calma a sesenta segundos de hostilidad. Pero como no soy distinta, piso con cautela por sitios que se pronuncian como mi hogar o familia; porque uno por uno terminaron por venirse abajo, así que busco una forma esquiva para no decir algunas cosas en voz alta y desconfío cuando me acecha la bruma.

Quizá también soy distinta porque presto mucha atención a los detalles. Me atrapa el contraste del cielo de media tarde con las ramas de los árboles, el tacto de las hojas de un cómic o un libro nuevo, la paleta de colores que tiñe el cielo cuando cae el sol o cómo alguien tararea una canción o mira con ternura a un ser querido. Me gustan las decoraciones de las cornisas de los edificios del centro o ciudades pequeñas, añoro olores, tengo morriña de sitios en los que no he permanecido por mucho tiempo, me enternece ver cómo alguien es agradecido ante detalles que para mí son básicos.
Proceso lento porque quiero quedarme con cada detalle, por si de pronto todo pesa o estás harto y cansado de verme sumida en una niebla que no termina de cesar. Tengo miedo porque desde que llegaste me gusta cómo se ven tus zapatillas al lado de las mías aunque no estés por casa; ver tu ropa en mi armario, saber qué quieres de poste y saber a tu postre favorito. Me da calma verte durmiendo y ponerte música que sé que te relaja aunque solo la escuches en el subconsciente, subirme a los bordillos... Echo en falta subirme a los bordillos. Quizá si fuese distinta te exigiría más tiempo, pero me hace feliz ver cada progreso que haces; aunque me apene pensar que a veces los vemos más claros el resto, confío en que paso a paso podrás verte con mis ojos. No te exijo porque no me debes, pero invierto lo más valioso que tengo contigo que es el tiempo de calidad y la calma de cuando todo está bien. Por eso, de tanto en tanto me siento pequeña y me abrumo; porque como no soy distinta, mientras todo esto pasa todavía estaré destejiendo mis miedos.

lunes, 26 de febrero de 2024

25/2/2024

No es la primera persona que me dice que escriba, que ponga sobre papel en cualquiera de sus formas todos los pensamientos: como si escribir no guardase un matiz autolítico mayor que algunas de las conversaciones que tenemos a diario con nosotras mismas. -"Es complicado"- dije.

Quizá escribir hace que las cosas se hagan un poco más realidad, una de la que no se puede escapar fácilmente. Una red de pensamientos en cadena se activa y es difícil disociarse en un momento de crisis para poder gestionarla, si ves que mis ojos desconectan y me quedo paralizada, es porque he pasado por esto antes. Quizá no sea tu intención hacerme pequeña, pero ahora mismo veo en la mano de quien me acompaña un puñal. Dame un respiro, por favor; pero no me dejes aquí en medio, voy a desorientarme.
Me viene a la mente una conversación tendidos hablando sobre miedos de cómo gestionar según qué momentos, tu sonrisa, la calma de quien quiere hacer que algo funcione. Me repetí como un mantra que no te irías, que de verdad lo íbamos a hacer funcionar, que queríamos: si no lo hubiese hecho no me sentiría tan vacía. Creo que de las peores sensaciones que alguien puede percibir (desde mi sensibilidad) es la paranoia: sobre el espacio, el tiempo, la culpa, la responsabilidad, el dolor. Sabías dónde me ahogaba y me dejaste tirada allí, en el mismo tramo, dos veces. Es hilarante que te hagan dudar de tu dolor cuando pones una tirita en un rasguño ajeno, pero cuando la sangre brota a borbotones de tu pecho evitas socorrerte.

Echando la vista a un lado creo que podría enumerar una lista de cosas agradables y desagradables, de intereses, maneras de pensar y de escapar, herramientas de gestión, límites. ¿Y la mía? Me da la sensación de que cuando hablo de cómo me siento rompo siempre todo un poco. Frases como "¿ya te vas a encerrar?", "está aquí al lado", "estás exagerando", "parece que no quieras esforzarte" y el silencio, encabezan algunas de las mejores bazas para dejarme noqueada si tu opinión sobre mí me importa y creo que está distorsionada de la realidad.

El ojo ajeno te juzga y repite que el reloj no para para nadie, que tus pasos se van achicando: igual que las siluetas de todas aquellas personas que algún día estuvieron al lado. No discierno ya si me echan o me echo, sé que hice lo que estaba en mi mano para cuidar algo; daría de más pero lo hice en el pasado y me quedé sin reservas. 
Querría explicar tantas cosas que irónicamente todo termina en silencio. El eco de una risa que se convierte en sollozo, atragantarme a preguntas y acabar teniendo náuseas. He buscado en los pliegues de las sábanas por si un hallazgo secreto me llevaba de vuelta hasta ti, pero no soy yo quien se escapa nublando la vista.
No quiero volver a pasar por esto, quiero cuidar y que me cuiden, parece una locura con todos estos vínculos de papel.

Pérdida del espacio tiempo, preludio

Es un silencio abrumador el que se percibe cuando falta el aire y todo cae roto en añicos; después de la tormenta y de la tensión de ver la cuerda deshilacharse durante una cuenta atrás anunciada (que transcurre durante toda una eternidad), casi puedo decir que el resultado es el menor estrago para la cabeza. Un alivio romperse, sentir algo aunque sea impotencia, rabia y dolor.
Me pregunto mientras me tiemblan las piernas dónde está mirando toda esta gente, ¿con quién comercian su tiempo?, ¿me ven a través de sus máscaras? Quizá no todas las vidas merezcan la pena incluso dentro de un hospital, y en ese caso, ¿quién tiene potestad para hacer la criba? ¿Soy demasiado joven para vivir?, ¿o quizá estoy demasiado alejada de la vida para ser percibida? ¿Qué pasa si realmente es todo culpa mía?
Un sinfín de preguntas me acechan mientras veo las horas pasar en el reloj; es curioso que en un sitio con tantos médicos mirando a lo que queda de mis ojos y de mi pecho hecho metralla, ninguno se percate de que algo va mal. Es irónico saber que ni tan siquiera podría contestar.
Pero no siento los dedos y todo empieza a ir en una cámara rápida/lenta inexplicable. Así que tengo flashes: de llorar en el baño intentando respirar y de los ojos de Mira que me paró cuando conseguía marcharme de allí para preguntarme si estaba bien.
Para preguntarme si estaba bien: y de pronto todo echo añicos.


Y no hay perdón que me consuele decir a mi madre cuando lo hago desde el suelo del hospital siendo un mono de feria para los transeúntes, ni para mi cuando ya no tengo tiempo para poder calmarme y todo se soluciona con otra pastilla que nada me va a solucionar. Estoy harta.

2/2/2023

Quizá he pasado demasiado tiempo en el vértice viendo cómo todo alrededor se movía mientras yo permanecía estática; tanto, que si no consigo moverme, con el paso de las estaciones las trepadoras se enroscarán en mis piernas tiñéndolas de un color bermejo y terminarán por destriparme la piel. Yo que soy incapaz de permanecer quieta incluso encerrada, apenas tengo aliento para lograr abrir el pomo de la puerta: el rechazo que me genera todo a mi alrededor me grita que en este lugar no tengo cabida.
La percepción del tiempo es decadente desde aquí, procuraría explicarlo pero creo que sólo aquellas que lo han vivido lo entenderían; así que no me guarda ningún tipo de sentido ni valor dar explicaciones que en realidad nadie me pedirá nunca. Nunca nadie que haya vivido durante un largo tiempo en esa línea fina que aparece sin aparente retorno a la normalidad, la irregularidad entre el estar y el sentir.
Miro el calendario y los nombres de citaciones en él no son para nada de gente allegada (pero cada vez se me hacen más familiares), y cuando estoy con las pocas que intermitentemente aparecen, ni siquiera puedo dejar de sentir culpa. Si durante todo este tiempo han crecido bajo una luz que aquí no llega, no puedo más que tener la percepción de hacer perder el tiempo u oportunidades al resto. Si todo este período he estado a oscuras, quizá es porque no tengo las herramientas o eché raíces en tierra poco fértil.
Podría deshacer, hacer, rehacer y desvivirme para intentar llegar a sentir un ápice de lo que antes sentía, pero ahora soy nadie en los ojos de quienes me hacían sentir segura. Siento que cuando me miran me traspasan.
No sé si nada de esto tiene cura.

1/12/2023

Me pidieron que escribiese una carta para vosotras; yo que tan cómoda voy con bambas, tuve que ponerme en los zapatos del resto. Siempre que intento hacer el ejercicio se me escurren las palabras entre los dedos, una bruma pesada me niebla la vista y el eco de un pensamiento incesante resuena: cuestión de perspectiva.
Y es que asumir que todas nos regimos bajo unos mismos valores y condicionantes es hipócrita. Como si cualquier persona escogida a dedo tuviese la responsabilidad de cuestionarse el comportamiento propio y ajeno desde un punto objetivo, hay algo de narcisismo en haber creído que yo misma lo estaba haciendo.

Supongo que ponerme en tus botines de primavera fue darme cuenta que toda la vida iba a ser un reto de cambios sin fin en un paisaje desconocido a tu tierra. Con un anhelo de volver y la condena de haber echado raíces en un barrio que ahora debe parecer un extraño ante tus ojos. Borrar y escribir tu historia una y otra vez, dudar de tus actos, sentir que nadie te ha enseñado el camino. Labrar la tierra y encontrarla infértil para volver a anclarte aquí. No sé en qué punto se unen otra vez los senderos por los que me llevaste ni si esperas encontrarme de nuevo en alguna parte del tramo. Siento que mis pies se hunden bajo decisiones que no debí tomar en cada paso que doy hacia ti y que este barro que recubre mis bambas tardará tiempo en volver a poder caminar junto a ti.

Traté de ponerme tus mocasines y a pesar de ser más grandes que mi pie no logré calzarme: me choca porque recuerdo haber llevado este mismo modelo antes. Tu y yo que partimos de la misma casa, hace mucho que no somos nosotros.
No sé si es orgullo o si ambos llegamos a la conclusión de que todo nos venía grande demasiado pronto: y ahora cubrimos nuestra coraza con datos que puedan respaldar el pensamiento de que no somos monstruos, que nuestras retorcidas cabezas siempre encontrarán un motivo para alejarse de todo el exterior cuando algo falle. Que el fallo es relativo, porque siempre hay un plan z y que es cuestión de despejar el problema a tiempo. ¿Sabes ya si el tiempo es relativo también?
Tú que quieres creer en que cabe la posibilidad de engañar al tiempo, yo que lo veo correr contra reloj: como en esas películas malas que criticábamos, nunca se digna a tener un mínimo de lógica. Dejaré los mocasines en tu habitación y me quedaré leyendo tus libros como si estuvieses sentado en el escritorio hasta quedarme dormida. Siento que nunca sabré cómo fue dormir en aquél sillón a la vera de mi cama, ojalá pudieses explicármelo.

Lo siento, no tengo fuerzas para probarme más zapatos.