Quizá he pasado demasiado tiempo en el vértice viendo cómo todo alrededor se movía mientras yo permanecía estática; tanto, que si no consigo moverme, con el paso de las estaciones las trepadoras se enroscarán en mis piernas tiñéndolas de un color bermejo y terminarán por destriparme la piel. Yo que soy incapaz de permanecer quieta incluso encerrada, apenas tengo aliento para lograr abrir el pomo de la puerta: el rechazo que me genera todo a mi alrededor me grita que en este lugar no tengo cabida.
La percepción del tiempo es decadente desde aquí, procuraría explicarlo pero creo que sólo aquellas que lo han vivido lo entenderían; así que no me guarda ningún tipo de sentido ni valor dar explicaciones que en realidad nadie me pedirá nunca. Nunca nadie que haya vivido durante un largo tiempo en esa línea fina que aparece sin aparente retorno a la normalidad, la irregularidad entre el estar y el sentir.
Miro el calendario y los nombres de citaciones en él no son para nada de gente allegada (pero cada vez se me hacen más familiares), y cuando estoy con las pocas que intermitentemente aparecen, ni siquiera puedo dejar de sentir culpa. Si durante todo este tiempo han crecido bajo una luz que aquí no llega, no puedo más que tener la percepción de hacer perder el tiempo u oportunidades al resto. Si todo este período he estado a oscuras, quizá es porque no tengo las herramientas o eché raíces en tierra poco fértil.
Podría deshacer, hacer, rehacer y desvivirme para intentar llegar a sentir un ápice de lo que antes sentía, pero ahora soy nadie en los ojos de quienes me hacían sentir segura. Siento que cuando me miran me traspasan.
No sé si nada de esto tiene cura.
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