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Las calles iluminadas por la luz de las farolas, el frío aire indicando que el verano ha acabado y el bailoteo de las faldas y vestidos de algunas de las mujeres que salen al haber terminado la obra, dejan paso al silencio, a la tenue luz del escenario ya vacío.
Entre el público un hombre barre la suciedad que se ha ido acumulando a lo largo de las sesiones. Cuando termina su faena limpiando las butacas del público (con sus detalles bien perfilados sobre la madera y la suave piel sintética de desconocida procedencia), el triste trabajador consigue dibujar una sonrisa en su rostro al poner los pies sobre el escenario. Con cuidado, deja sus instrumentos de faena y se dirige hacia un violín que parece haber sido olvidado en uno de los asientos de los músicos. ¿Para qué va a coger un violín de un gran músico un simple empleado?, para llevar a cabo una de las mejores actuaciones que haya logrado ver el teatro, una actuación que sería capaz de arrancar un suspiro y una lágrima a la persona más fría del mundo. El artista, guarda cuidadosamente el instrumento en su maletín mientras se le dibuja una expresión triste de nuevo. Coge sus instrumentos de trabajo, apaga las luces, y deja la enorme sala.
Escondido, un escritor redacta los hechos mientras trata de contener las lágrimas de emoción. Se hace el silencio.
Escondido, un escritor redacta los hechos mientras trata de contener las lágrimas de emoción. Se hace el silencio.

