viernes, 12 de septiembre de 2014

Cuentos para Eirika

El cielo se ha vestido de blanco esta mañana. Con su aliado el viento, está haciendo que todo a su alrededor baile: los árboles, la hierba, los largos abrigos de la gente..., ha cogido como escenario este sitio y se está llevando todo lo que tiene cerca a su pequeña fiesta, como gran líder. Cuando por casualidad las miradas de dos desconocidos se cruzan en un descuido de su lectura matinal, se sorprenden y paralizan los cuerpos. Quietos a unos diez pasos de distancia, se dedican a observarse el uno al otro con confusión. Aún sabiendo que no se conocen, con la seguridad de que no se han visto antes. 

Cuando por fin deciden reanudar su trayectoria y cruzar la calle, avanzan hasta llegar a estar uno al lado del otro, con el veleidoso sentimiento de que ese desconocido podría cambiarlo todo. «Dirá que soy una persona poco cuerda, si digo, que el hecho de verle si tan siquiera conocerle me hace sentir la piel de gallina», así que no se dirigen palabra alguna al otro. No obstante se conceden unos segundos para mirarse a los ojos.

Cuando por fin deciden marchar cada uno por su lado, se entristecen por un rato. Como si perdieran una parte de su vida que ni tan siquiera tuvo el placer de realizarse.

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