He escuchado la voz firme de alguien que ama con los ojos llorosos sabiendo que lo que espera no estará de vuelta; me hablan (ya con las alas inertes) de cómo era sobrevolar la ciudad, descubrir pedazos de ellos mismos, tocar con la yema de los dedos un pedazo de cielo en la tierra, encontrar entre los brazos de alguien un refugio... y de pronto, correr y tropezar hasta desgarrarse el alma con una sonrisa en la cara: simplemente por intentar recuperar algo intentando agarrarlo con todas sus fuerzas, pero se desvanece. He visto esbozar una sonrisa en la mirada de quien trata desafiar el poder del tiempo creyendo que los recuerdos no terminarán por desdibujarse, el dolor que todo esto les causa es a su vez una manera de mantener viva a la persona, y es aterrador. Además, conozco la falsa impunidad que aquellos que hieren tras su ida y también la de los que se desentienden para simple y llanamente no volver "jamás".
Es por eso que tengo miedo.
A perder la sonrisa de la que sus ojos me alertan cuando se esconde tras la puerta porque deje de abrirme para descubrirla, que paremos de comernos a besos o acurrucarnos para ver series o películas aunque se quede dormido la mitad de las veces (y estoy siendo generosa) e incluso a que se ría de mi manera de enfadarme, o de hacerme la molesta. No quiero dejar de conocerle, porque todavía me queda mucho y no me canso. Tengo miedo a dejar de poder abrazarle por las noches y encajar como si fuese un puzzle, o que se canse de que le acaricie hasta quedarse dormido; aunque no quiero dejar de quedarme en la cama más rato que él por las mañanas, y la verdad es que ni siquiera duermo cuando me he dado cuenta de que se ha levantado... pero ir desvelándome mientras le veo desayunar frente al ordenador no está nada mal. Quiero que siga volviendo un rato a la cama antes de que decida que ya está bien de ser la marmota que soy (porque tiene razón, lo soy). Yo lo que quiero es poder seguir perdiéndome en su mirada, sonreír entre besos pensando qué debe ser lo que le hace seguir soportándome y la suerte que tengo. Despertar llenos de besos en la oscuridad, sentir el calor de su cuerpo, revivir: "¿te hago un colacao?".
A pesar de jurar que jamás miraría a alguien con la esperanza de encontrar unos brazos en los que sentirme segura y ahora todo me da coraje sin ellos: yo que no quería volver a escribir, ni sentir, ni soñar; me encuentro con sus zapatillas tiradas en la habitación, para tener la sensación de que acaba de marcharse.
Es por eso que tengo miedo.
A perder la sonrisa de la que sus ojos me alertan cuando se esconde tras la puerta porque deje de abrirme para descubrirla, que paremos de comernos a besos o acurrucarnos para ver series o películas aunque se quede dormido la mitad de las veces (y estoy siendo generosa) e incluso a que se ría de mi manera de enfadarme, o de hacerme la molesta. No quiero dejar de conocerle, porque todavía me queda mucho y no me canso. Tengo miedo a dejar de poder abrazarle por las noches y encajar como si fuese un puzzle, o que se canse de que le acaricie hasta quedarse dormido; aunque no quiero dejar de quedarme en la cama más rato que él por las mañanas, y la verdad es que ni siquiera duermo cuando me he dado cuenta de que se ha levantado... pero ir desvelándome mientras le veo desayunar frente al ordenador no está nada mal. Quiero que siga volviendo un rato a la cama antes de que decida que ya está bien de ser la marmota que soy (porque tiene razón, lo soy). Yo lo que quiero es poder seguir perdiéndome en su mirada, sonreír entre besos pensando qué debe ser lo que le hace seguir soportándome y la suerte que tengo. Despertar llenos de besos en la oscuridad, sentir el calor de su cuerpo, revivir: "¿te hago un colacao?".
A pesar de jurar que jamás miraría a alguien con la esperanza de encontrar unos brazos en los que sentirme segura y ahora todo me da coraje sin ellos: yo que no quería volver a escribir, ni sentir, ni soñar; me encuentro con sus zapatillas tiradas en la habitación, para tener la sensación de que acaba de marcharse.