Me viene a la mente una conversación tendidos hablando sobre miedos de cómo gestionar según qué momentos, tu sonrisa, la calma de quien quiere hacer que algo funcione. Me repetí como un mantra que no te irías, que de verdad lo íbamos a hacer funcionar, que queríamos: si no lo hubiese hecho no me sentiría tan vacía. Creo que de las peores sensaciones que alguien puede percibir (desde mi sensibilidad) es la paranoia: sobre el espacio, el tiempo, la culpa, la responsabilidad, el dolor. Sabías dónde me ahogaba y me dejaste tirada allí, en el mismo tramo, dos veces. Es hilarante que te hagan dudar de tu dolor cuando pones una tirita en un rasguño ajeno, pero cuando la sangre brota a borbotones de tu pecho evitas socorrerte.
Echando la vista a un lado creo que podría enumerar una lista de cosas agradables y desagradables, de intereses, maneras de pensar y de escapar, herramientas de gestión, límites. ¿Y la mía? Me da la sensación de que cuando hablo de cómo me siento rompo siempre todo un poco. Frases como "¿ya te vas a encerrar?", "está aquí al lado", "estás exagerando", "parece que no quieras esforzarte" y el silencio, encabezan algunas de las mejores bazas para dejarme noqueada si tu opinión sobre mí me importa y creo que está distorsionada de la realidad.
El ojo ajeno te juzga y repite que el reloj no para para nadie, que tus pasos se van achicando: igual que las siluetas de todas aquellas personas que algún día estuvieron al lado. No discierno ya si me echan o me echo, sé que hice lo que estaba en mi mano para cuidar algo; daría de más pero lo hice en el pasado y me quedé sin reservas.
No quiero volver a pasar por esto, quiero cuidar y que me cuiden, parece una locura con todos estos vínculos de papel.