Parece crudo pensar que tenía apenas 16 años la primera vez que creí darme cuenta de que antes o después terminaría con mi vida, generando en mi pecho un vértigo abismal e incomprensible dadas las circunstancias. Era el último día de agosto y observaba desde la ventana sin pomo del hospital cómo la noche se abría paso: sólo quise cerrar los ojos en un descuido, poder descansar tranquila un largo rato.
Recuerdo ver a mi hermano dormir en ese horrible sillón naranja después de conversar sobre alguna cosa que ni siquiera logro vislumbrar, pero que poco se acercaba a una gestión del hecho de que casi me escurro en el tiempo. Quizá fuese lo mejor después de todo, porque dudo que hubiésemos sido capaces de hacerlo. Sea como fuere todavía no puedo saber cómo pasó esa noche mi madre o cómo explicarle que no es su culpa, a pesar de todo todavía se victimiza y sigo sin sabe cómo ponerle palabras a lo que siento cuando apenas siento nada más que dolor; ni cómo mi padre llegó a la conclusión de que "cada uno tiene lo que se merece", el tiempo dirá... quizá estuviese en lo cierto.
Pero lo que yo no sabía hasta ese momento, ni la forense, ni la juez, es que "el vacío me da más miedo que el dolor", o eso se ve reflejado en las fechas del informe. A pesar de todo, si a aquella niña le hubiesen dicho que llegaría a cumplir los dieciséis y que jamás perdería el miedo a volver atrás, hubiese roto a llorar de agonía.
Siete años después, respiro hondo a pesar de que un peso aterrador e intangible me oprima el pecho; banalizo el hecho de que tarde o temprano, todas esas pequeñas grietas que ahora tientan a la suerte acabarán por resquebrajarse del todo. Intento mostrar mi mejor cara de conformidad con esta extraña rutina de extrañar pequeños gestos y carcajadas que me brindaban un ápice de paz. A pesar de que todo a mi alrededor avanza en cámara rápida, no dejo de tener la sensación de permanecer de manera estática en algún lugar en el que no me encuentro.
Aún así tomo aire a bocanadas cuando los que cuento con los dedos de una mano me llaman para salir, intento recordarme que merecerá la pena y que dentro del caos todavía queda un halo de esperanza mientras veo el brillito en los ojos de aquellos que aún están a mi vera.