jueves, 3 de noviembre de 2022

Rascando segundos al reloj

Parece crudo pensar que tenía apenas 16 años la primera vez que creí darme cuenta de que antes o después terminaría con mi vida, generando en mi pecho un vértigo abismal e incomprensible dadas las circunstancias. Era el último día de agosto y observaba desde la ventana sin pomo del hospital cómo la noche se abría paso: sólo quise cerrar los ojos en un descuido, poder descansar tranquila un largo rato. 

Recuerdo ver a mi hermano dormir en ese horrible sillón naranja después de conversar sobre alguna cosa que ni siquiera logro vislumbrar, pero que poco se acercaba a una gestión del hecho de que casi me escurro en el tiempo. Quizá fuese lo mejor después de todo, porque dudo que hubiésemos sido capaces de hacerlo. Sea como fuere todavía no puedo saber cómo pasó esa noche mi madre o cómo explicarle que no es su culpa, a pesar de todo todavía se victimiza y sigo sin sabe cómo ponerle palabras a lo que siento cuando apenas siento nada más que dolor; ni cómo mi padre llegó a la conclusión de que "cada uno tiene lo que se merece", el tiempo dirá... quizá estuviese en lo cierto. 

Pero lo que yo no sabía hasta ese momento, ni la forense, ni la juez, es que "el vacío me da más miedo que el dolor", o eso se ve reflejado en las fechas del informe. A pesar de todo, si a aquella niña le hubiesen dicho que llegaría a cumplir los dieciséis y que jamás perdería el miedo a volver atrás, hubiese roto a llorar de agonía. 

Siete años después, respiro hondo a pesar de que un peso aterrador e intangible me oprima el pecho; banalizo el hecho de que tarde o temprano, todas esas pequeñas grietas que ahora tientan a la suerte acabarán por resquebrajarse del todo. Intento mostrar mi mejor cara de conformidad con esta extraña rutina de extrañar pequeños gestos y carcajadas que me brindaban un ápice de paz. A pesar de que todo a mi alrededor avanza en cámara rápida, no dejo de tener la sensación de permanecer de manera estática en algún lugar en el que no me encuentro.

Aún así tomo aire a bocanadas cuando los que cuento con los dedos de una mano me llaman para salir, intento recordarme que merecerá la pena y que dentro del caos todavía queda un halo de esperanza mientras veo el brillito en los ojos de aquellos que aún están a mi vera.

viernes, 15 de enero de 2021

La ventana

 Cuestionarme a mí misma nunca ha sido un problema, de hecho, si no barajo bien mis cartas y recreo todas las combinaciones en mi cabeza, tendré una sensación permanente de desapego hacia mi postura. Espero que se me permita pensar que sin cuestionarse a una misma se termina por no llegar a ningun lugar, aunque el hecho de retroceder se presente inherente a una parte del proceso.

Así que entro en un ciclo del que no sé salir, ¿me estoy tomando licencia de más dándome tiempo para replantearme cómo se desenvuelve el entorno? A pesar de que siempre he mostrado predispocisión a aprender a palos, me encuentro sentada impasible tarareando una melodía de fondo que encuentre en mí un ápice de paz que se vea predispuesto a deshenibirse de esta abrumadora sensación de improductividad, quizá nunca encuentre esa melodía.

Es esa mala manía de producir una explosión de entusiasmo y energía justo cuando todo lo que te rodea son luces ténues que parpadean al ralentí, siempre a destiempo. Vivir con el anhelo de vislumbrar un flash que me ciegue la vista en el momento preciso en que yo también sea capaz de brillar, que llegue a mis oídos una melodía que encaje en mi tempo. 

martes, 20 de marzo de 2018

Respira

Tengo miedo, porque veo en la mirada de quienes me cuentan su historia algo tan fuerte que no sé explicar, ni quiero. Anhelan la vuelta de alguien que decidió marcharse y ahora siguen su camino con melancolía, con la esperanza de un reencuentro... pero no creeré en ellos hasta que te te marches (inocente, que deseo que siempre seamos).
He escuchado la voz firme de alguien que ama con los ojos llorosos sabiendo que lo que espera no estará de vuelta; me hablan (ya con las alas inertes) de cómo era sobrevolar la ciudad, descubrir pedazos de ellos mismos, tocar con la yema de los dedos un pedazo de cielo en la tierra, encontrar entre los brazos de alguien un refugio... y de pronto, correr y tropezar hasta desgarrarse el alma con una sonrisa en la cara: simplemente por intentar recuperar algo intentando agarrarlo con todas sus fuerzas, pero se desvanece. He visto esbozar una sonrisa en la mirada de quien trata desafiar el poder del tiempo creyendo que los recuerdos no terminarán por desdibujarse, el dolor que todo esto les causa es a su vez una manera de mantener viva a la persona, y es aterrador. Además, conozco la falsa impunidad que aquellos que hieren tras su ida y también la de los que se desentienden para simple y llanamente no volver "jamás".

Es por eso que tengo miedo.
A perder la sonrisa de la que sus ojos me alertan cuando se esconde tras la puerta porque deje de abrirme para descubrirla, que paremos de comernos a besos o acurrucarnos para ver series o películas aunque se quede dormido la mitad de las veces (y estoy siendo generosa) e incluso a que se ría de mi manera de enfadarme, o de hacerme la molesta. No quiero dejar de conocerle, porque todavía me queda mucho y no me canso. Tengo miedo a dejar de poder abrazarle por las noches y encajar como si fuese un puzzle, o que se canse de que le acaricie hasta quedarse dormido; aunque no quiero dejar de quedarme en la cama más rato que él por las mañanas, y la verdad es que ni siquiera duermo cuando me he dado cuenta de que se ha levantado... pero ir desvelándome mientras le veo desayunar frente al ordenador no está nada mal. Quiero que siga volviendo un rato a la cama antes de que decida que ya está bien de ser la marmota que soy (porque tiene razón, lo soy). Yo lo que quiero es poder seguir perdiéndome en su mirada, sonreír entre besos pensando qué debe ser lo que le hace seguir soportándome y la suerte que tengo. Despertar llenos de besos en la oscuridad, sentir el calor de su cuerpo, revivir: "¿te hago un colacao?".

A pesar de jurar que jamás miraría a alguien con la esperanza de encontrar unos brazos en los que sentirme segura y ahora todo me da coraje sin ellos: yo que no quería volver a escribir, ni sentir, ni soñar; me encuentro con sus zapatillas tiradas en la habitación, para tener la sensación de que acaba de marcharse.

jueves, 18 de enero de 2018

Salvación o ruina: viejas costumbres

Yo no quería volver a escribir, pero me veo frente a una página en blanco que se burla de mi ya lejana habilidad para expresarme; no quiero que se malinterprete, si no quisiera no estaría aquí tratando de sacarle el polvo a una vía de escape ya en desuso. Sea como fuere, últimamente todo ha empezado a tambalearse tanto aquí dentro que vuelvo a mis orígenes con la esperanza de poder mantener algo de cordura perdiéndola en pequeñas dosis controladas, a sabiendas de que podría consumirme por ello (de nuevo) y perderla por completo (también de nuevo) envuelta en un bucle que no terminaría nunca. Pero no vamos a engañarnos, si estoy aquí y tu estás leyendo esto no es más que por cansancio: el mío.

Porque creí haber encontrado algo de paz en mí pero realmente lo que estaba haciendo era no pensar en todo lo que sucedía alrededor, ahora que he comprendido que hasta las minucias más escondidas en los recovecos de mi cabeza pueden afectar a otros, no me queda más remedio que actuar o aislarme; y no quiero decir que me fui sin intentarlo.

Así que me disculpo por esta burda introducción tan directa al lector, y volveré tratando de descubrir si es una puerta entreabierta que da al edén o al abismo.



martes, 21 de junio de 2016

No es un error enmendado

Es 4 de marzo de 2014. Fuera de estas murallas se haya un ejército que pretende entrar, los soldados más despiadados mienten y acorralan a mis guardias, consiguen entrar poco a poco pero todavía no saben dónde se esconde mi luz. La desean porque la suya ha huido de sus cuerpos, porque creen que la mía es la más potente de este lugar cuyas fronteras desconozco; a pesar de que realmente ni tan siquiera llega a iluminarme el camino más allá de mis pies, cada paso que doy es en falso.

Es una batalla que dura siglos y al mismo tiempo un momento, en un abrir y cerrar de ojos veo que los cañones de sus armas me apuntan y todos ellos están preparados para disparar. No quieren matarme, anhelan su destello, pero es que mi luz es una niña pequeña que se te escapa de entre los dedos cuando intentas atraparla. Te mira a los ojos y se burla, tan voluble, tan caprichosa... y después de todo, así ha de ser, así como es. Es decir, si no fuera así, ¿qué gracia tendría atraparla? Ella no es nada sin su poderosa aliada y enemiga, no hay valor en su presencia si no has conocido antes su ausencia, si no has pasado días y noches anhelándola.


Mírala correr alrededor de la sala abrazando a gente desconocida mientras desde tu silla contemplas las mil diferencias que te dividen de ella. Siéntate conmigo que yo te explico qué se siente cuando de repente ésta desaparece tras agarrarte las manos suavemente en un trayecto finito, siempre finito. Tan suave que un poco de viento las separa como la hoja de un árbol que cae en pleno otoño.
Pequeña rebelde, señorita felicidad, ¿podrías explicarme por qué me tratas tan mal? Me ignoras mientras ríes viendo mis lágrimas caer, ¿no te da pena saber que jamás te tendré? Por favor, ven. 

Han conseguido llevarse la luz y sé que volverán a por más en cuanto se den cuenta de que no es suficiente, pero no tengo nada que dar, no tengo nada que poder ofrecerles para que me dejen en paz. No hay luz entre estas paredes. Me lanzo al vacío bajo la creencia de que en algún punto de la caída esa niña caprichosa vendrá a sujetarme la mano.