Picó a la puerta y me dijo que cerrase la ventana. De veras lo dijo pensando que iba a hacerlo, sí, que iba a cerrar la ventana en una noche tan especial como esa. Con la lluvia sonando ahí fuera y yo tumbada aquí dentro, abrazada a la almohada. Una de las cosas que me sorprendió fue que lo dijo con cierta inocencia, como si fuese tan solo un recordatorio de algo que ha de hacerse por razones "obvias". Pero no pude creerlo ni comprenderlo, de veras que no pude, así que salí a comprobar si mis oídos habían recibido bien esa información. Y a pesar de que no había entendido mal, no pude resistirme a tumbarme de nuevo, exactamente igual que antes, con la ventana abierta unos centímetros más arriba, en la pared.
Entonces empezó a llover aún más fuerte, haciendo que las gotas de lluvia cayeran sobre mi espalda desnuda. Frías, gotas frías que me recorrían la espalda como si esta se tratase de un tobogán para todas ellas, y se estaban divirtiendo intentando hacerme cosquillas para que les perdonase por haberme dejado todo el verano sin ellas.
Y tratando de hacer que no notaba ni el frío de las gotas de agua, ni el del viento, o el cansancio que había ido arrastrando todo el día, me quedé ahí. Sin dormir pero a la vez sin estar despierta, soñando.
Ahora cada vez que llueve me tumbo dejando la ventana abierta, para mal acostumbrarme a esa paz y para que, cuando llegue el final de otro verano, ellas corran sobre mi espalda y yo pueda volver a perdonarlas de nuevo. Es nuestro pequeño juego.
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