domingo, 27 de octubre de 2013

Quizá sea yo quien se va

Supongo que con el tiempo aprendes a no coger cariño a las personas tan pronto, a no decir tan rápido te quiero, a dejar que las cosas pasen a medida que va pasando el tiempo. A amar lento y en el caso de que algo salga mal, olvidar rápido. A ser un poco más fuerte, más frío, más insensible. Vamos muriendo con cada persona que nos deja... y siempre nos dejan algo para que lo mantengamos. ¿Nunca has oído eso?, me parece curioso.

Con el tiempo los momentos que ahora nos están doliendo serán historias que guardemos bajo llave, muy dentro nuestro... los recordaremos y no nos harán añicos, pero es posible que nos sigan doliendo de manera u otra. Y sí, es posible que aquellos momentos felices aún nos saquen una sonrisa de aquí a un tiempo. Quizá aprendamos de nuestros errores (quizá no), cada uno somos como somos, algunos no aprendemos nunca, intentando que algunos momentos no se pierdan: pero se pierden. Se pierden y parece que no volverán nunca, y cuando nos demos cuenta ni tan siquiera saludaremos a personas con las que hablábamos durante horas y horas. 

Nunca he sido capaz de mantener a alguien a mi lado, a veces ni tan siquiera soy capaz de mantenerme a mí misma conmigo, tiene gracia. ¿Y cuál es el problema?, el problema es que a pesar de esto yo aún cojo cariño muy rápido, yo quiero, siento, río y lloro con quien sea capaz de hacer todo esto a mi lado... pero no soy capaz de conseguir que la gente permanezca, por una cosa o por otra siempre acabo desapareciendo, siempre me desvanezco de sus vidas. Quizá sea yo quien indecisa de mi papel se va, y no los demás. 
Quizá me conozcas y algún día, quizá dentro de poco o dentro de mucho, pases por aquí y empieces a leer mis entradas. Y en ese momento entres a esta y recuerdes todos esos momentos, tal vez creas que es demasiado tarde para volver a comenzar, para recuperarnos... pero créeme, es posible que yo aún te espere. 

Que alguien me salve, que alguien me demuestre que valgo lo suficiente como para quedarse a mi lado, ya no soy capaz de creer que pueda ser así. Me cuesta entender cómo puedo comportarme como si nada cuando una persona que me importa vuelve porque no tiene otro lugar al que ir y la comodidad que te aporta alguien conocido alivia más que sana. Siempre he sido eso, alguien con quien entretenerse, otra opción, una fuente de distracción. Y no señoras y señores, no se está en absoluto a gusto sintiéndose así. Y no es que carezca de sentido para mí o no me vea afectada pero ¿para qué mostrarlo?, si cuando vuelvas estaré aquí con una medio sonrisa esperando como si nada hubiese sucedido.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Cierra la ventana


Picó a la puerta y me dijo que cerrase la ventana. De veras lo dijo pensando que iba a hacerlo, sí, que iba a cerrar la ventana en una noche tan especial como esa. Con la lluvia sonando ahí fuera y yo tumbada aquí dentro, abrazada a la almohada. Una de las cosas que me sorprendió fue que lo dijo con cierta inocencia, como si fuese tan solo un recordatorio de algo que ha de hacerse por razones "obvias". Pero no pude creerlo ni comprenderlo, de veras que no pude, así que salí a comprobar si mis oídos habían recibido bien esa información. Y a pesar de que no había entendido mal, no pude resistirme a tumbarme de nuevo, exactamente igual que antes, con la ventana abierta unos centímetros más arriba, en la pared.



Entonces empezó a llover aún más fuerte, haciendo que las gotas de lluvia cayeran sobre mi espalda desnuda. Frías, gotas frías que me recorrían la espalda como si esta se tratase de un tobogán para todas ellas, y se estaban divirtiendo intentando hacerme cosquillas para que les perdonase por haberme dejado todo el verano sin ellas. 

Y tratando de hacer que no notaba ni el frío de las gotas de agua, ni el del viento, o el cansancio que había ido arrastrando todo el día, me quedé ahí. Sin dormir pero a la vez sin estar despierta, soñando.
Ahora cada vez que llueve me tumbo dejando la ventana abierta, para mal acostumbrarme a esa paz y para que, cuando llegue el final de otro verano, ellas corran sobre mi espalda y yo pueda volver a perdonarlas de nuevo. Es nuestro pequeño juego.