jueves, 14 de mayo de 2015

¿Y ahora qué?

La sala estaba iluminada por la tenue luz de un par de lámparas situadas a los lados de la sala, y nosotros estábamos bajo el foco. Sólo nosotros. Podría decirse que formábamos parte de la obra, y por lo menos yo, sufrí el (re)encuentro. He de admitir que hacía mucho tiempo que no me sentía tan protegida. Pero creo que he de retroceder para poder explicarme bien.
 Reencuentro. Una sala de cine completamente vacía a nuestra disposición, y tras veinte minutos de espera caímos en la cuenta de que se habían olvidado por completo de poner la película. Hace tiempo que no nos vemos pero estamos distraídos pensando en lo que está pasando, el momento incómodo desaparece entre risas. Me alegro de volver a verte reír. Sí, reímos porque se han olvidado de nosotros una vez más, patéticos bohemios adolescentes con las hormonas al pie del cañón.


La película muestra más de nuestra historia de lo que hubieses esperado, tanto individual como conjunta. Partes del libro se me vienen a la cabeza y me hacen recordar otros momentos que hemos vivido juntos, el ritmo cardíaco se dispara y las mejillas comienzan a encharcarse; trato de taparme como puedo, sé que no harás nada al respecto. Me equivoco. Somos un par de idiotas que tratan de reprimir sentimientos guardados en una pesada jaula de cristal que pende de un hilo, rompemos a llorar. Es bonito decir tanto con un abrazo, cogiendo una mano, con una mirada... ¿no crees? La película transcurre demasiado rápido, demasiado lento... estamos pegados el uno al otro y se siente como estar en casa de nuevo. Siento cómo te tensas en algunos momentos, escucho cómo tu respiración se acelera, veo las lágrimas en tus ojos... ven, más cerca, te estás helando y quiero que estemos a temperatura, déjame abrazarte. Ven.


El telón baja, la obra no ha acabado, estos personajes aún tienen algo que decir todavía. De hecho tienen mucho que decir, algo que puede alargarse innecesariamente con palabras; no tenemos tiempo para perderlo. Te acercas y me besas, tus labios son suaves, tu boca es suave... desearía poder abrazarte y acariciarte mientras nos besamos, necesito más manos. Cómo he echado de menos tus brazos rodeándome, notar que realmente quieres besarme y sentir que tú tampoco quieres soltarme, que es la temperatura perfecta para poder quedarnos quietos durante un tiempo. 
Me gusta pasear con tu mano entrelazada en la mía, sé que siempre he sido reticente a este tipo de gestos pero lo haces parecer algo fácil y natural, reímos y no tengo ni idea de por qué. Por favor, quédate, si te marchas ahora vas a matarme. 
Este momento no puede alargarse más, has de irte por un rato. Te dejo en manos de una chica de figura y sonrisa hermosa, has de prepararte para el acto final. Nuestro acto final, y sólo queda un día.

No podría haberlo imaginado mejor, te ves ridículamente elegante y sexy con ese traje negro, la cara borrosa, el pelo despeinado... desearía poder ser yo quien bailase contigo esta última canción, pero aún así me consuela que decidirás volver a mis brazos cuando la música deje de sonar y yo estaré admirando la escena hasta que lo hagas. El acto aún no ha terminado, no dejes que la pintura traspase y te nuble los pensamientos, por favor. Y uno, y dos... su vestido baila al son de vuestros movimientos, es una gran puesta en escena; las luces os iluminan y recitas hasta que la música para.
Entonces vuelves, no hace falta que busques un beso, o que yo lo busque; nuestros labios se encuentran con una naturalidad que envidio a día de hoy, es hermoso. Poder descansar abrazada a ti, con la cabeza apoyada en tu espalda... me relaja. Ojalá pudiésemos quedarnos así durante mucho tiempo, ojalá no hubiese dormido sola esa noche, ni ésta...

Cae la tarde y paseamos agarrados e incluso abrazados, tratando de hacernos paso entre la gente que pasea entre los estantes llenos de libros. Buscas un libro que no encuentras, ni tan siquiera recuerdas el título... eres un desastre, como yo. Pero no importa, paseamos observando libros de autores que no conocemos, haciendo observaciones absurdas y recordando libros casi olvidados. Me siento idiota cuando me preguntas si conozco a algunos poetas, callo y sigo mirando. Pero me gusta, me gusta ver tus ojos recorriendo libros de arriba a abajo, en busca de uno de título borroso. Encantador, enloquecedor y... bueno, volvería a decir que eres un desastre, pero no soy quién para hablar de ello. El día acaba entre un recital de poesía y un columpio gigante que mece nuestros cuerpos, juntos... Es probable que hablásemos después, pero no lo recuerdo, supongo que me quedé dormida (otra vez).


Al día siguiente no haces aparición, pero hablamos. Al siguiente, tampoco. 

El día que hace que todo tenga un poco más de sentido... ¡estoy ansiosa por verte! Quiero ir a la montaña como la primera vez, quiero que toques la guitarra, quiero tocarla yo, que me lleves por caminos extraños y sentirme protegida. ¡Joder, qué ganas de verte y pedírtelo...! Pero... no, no vas a hacer aparición. Te encuentras mal, lo entiendo; las cosas se te vienen encima, lo entiendo; comienzas a hablar sobre cosas que han fallado otras veces, ¡retrocede, por favor, me estoy perdiendo! Dices que no puedo hacerte sentir bien sin que estés peor después, que te he provocado miedos, que te hago daño, que voy a ser la razón de tu fin. Que voy a ser la razón de tu fin. Que voy a ser la razón de tu fin... Que yo, que yo seré la razón de tu fin.
El pulso se acelera, no entiendo nada, golpeo las cosas y grito, ¡no soy capaz de entenderlo! ¡¿A qué viene ésto ahora?!, ¡¿qué he hecho?! Vienen a aporrear la puerta, muy fuerte, amenazas y más gritos salen de detrás de ella. Me levanto y la abro pero justo después me encojo y tiemblo. Lágrimas confusas y llenas de ira hacia mí misma corren mejillas abajo mientras me hacen preguntas; pero no soy capaz de pronunciar palabra, me bloqueo. Quiero estar sola. ¡Quiero estar sola!, ¡DEJADME SOLA! ¡DEJADME EN PAZ, FUERA! No, no lo comprendo... no soy capaz. De nuevo. ¿A qué ha venido ésto? Necesito aire, necesito que alguien me explique qué está pasando. ¿Si se lo hubiese pedido las cosas hubiesen sido distintas, hubiese tenido menos miedo? Realmente no tengo ni idea de qué he hecho. Necesito ayuda. No, ¡te necesito a ti!, ¡a ti! Y no puedo, no te tengo cerca, me apartas y no sé por qué, esta vez ya no sé buscarle el sentido, no lo encuentro, no puedo. No, esta vez no.

Nos autodestuimos individual y colectivamente, ahora, ya no sé dónde debes estar.

martes, 23 de septiembre de 2014

Cuentos para Eirika


Las calles iluminadas por la luz de las farolas, el frío aire indicando que el verano ha acabado y el bailoteo de las faldas y vestidos de algunas de las mujeres que salen al haber terminado la obra, dejan paso al silencio, a la tenue luz del escenario ya vacío.
Entre el público un hombre barre la suciedad que se ha ido acumulando a lo largo de las sesiones. Cuando termina su faena limpiando las butacas del público (con sus detalles bien perfilados sobre la madera y la suave piel sintética de desconocida procedencia), el triste trabajador consigue dibujar una sonrisa en su rostro al poner los pies sobre el escenario. Con cuidado, deja sus instrumentos de faena y se dirige hacia un violín que parece haber sido olvidado en uno de los asientos de los músicos. ¿Para qué va a coger un violín de un gran músico un simple empleado?, para llevar a cabo una de las mejores actuaciones que haya logrado ver el teatro, una actuación que sería capaz de arrancar un suspiro y una lágrima a la persona más fría del mundo. El artista, guarda cuidadosamente el instrumento en su maletín mientras se le dibuja una expresión triste de nuevo. Coge sus instrumentos de trabajo, apaga las luces, y deja la enorme sala.

Escondido, un escritor redacta los hechos mientras trata de contener las lágrimas de emoción. Se hace el silencio.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Cuentos para Eirika

El cielo se ha vestido de blanco esta mañana. Con su aliado el viento, está haciendo que todo a su alrededor baile: los árboles, la hierba, los largos abrigos de la gente..., ha cogido como escenario este sitio y se está llevando todo lo que tiene cerca a su pequeña fiesta, como gran líder. Cuando por casualidad las miradas de dos desconocidos se cruzan en un descuido de su lectura matinal, se sorprenden y paralizan los cuerpos. Quietos a unos diez pasos de distancia, se dedican a observarse el uno al otro con confusión. Aún sabiendo que no se conocen, con la seguridad de que no se han visto antes. 

Cuando por fin deciden reanudar su trayectoria y cruzar la calle, avanzan hasta llegar a estar uno al lado del otro, con el veleidoso sentimiento de que ese desconocido podría cambiarlo todo. «Dirá que soy una persona poco cuerda, si digo, que el hecho de verle si tan siquiera conocerle me hace sentir la piel de gallina», así que no se dirigen palabra alguna al otro. No obstante se conceden unos segundos para mirarse a los ojos.

Cuando por fin deciden marchar cada uno por su lado, se entristecen por un rato. Como si perdieran una parte de su vida que ni tan siquiera tuvo el placer de realizarse.

lunes, 4 de agosto de 2014

Soy yo quien se está perdiendo

¿Que haces?, ¿por qué estás ahí de pie, frente mío?, ¿por qué me gritas?, ¿por qué me dices todas estas cosas?, ¿crees que no lo sé?, ¿crees que no lo siento? Siento haberos decepcionado una vez más.
No llores por favor, es mi vida, mi futuro, mi impotencia no la tuya. Soy yo quien se está perdiendo, con ésto sólo haces que me sienta peor. Desde mi habitación puedo escucharos, decidiendo mi futuro -que al parecer ya no es mio-, mi libertad para decidir ha sido encarcelada. Siempre os escucho, incluso cuando calláis y me miráis con esa cara de inocencia. Sois quien refuerzan  los pensamientos que sostienen el cuchillo clavado en mi pecho. Lo vais clavando más hondo, muy hondo, quizá pronto sea demasiado hondo, demasiado tarde, demasiado para permanecer cuerda. Me gritáis en silencio cuando menos lo espero y me desgarro. Ya no consigo evadirme de todo cuando realmente lo necesito.

Estamos envueltos por una capa de hipocresía inmensa que se extiende por todos lados. Nos han dicho cómo hemos de vestirnos y de actuar, nos han dicho que no valemos nada, se han reído de nosotros en la cara, y mirándonos de arriba abajo -poniendo cara de pena-, han comentado entre ellos nuestras desgracias. Pero no saben nada. No saben cuánto hemos tenido que luchar para conseguir nuestras metas, que a veces las cosas “triviales” no lo son tanto, y la crueldad con la que un “no lo estás intentando” resuena en la cabeza lo coge todo y lo empequeñece, lo encadena, lo destruye. Aunque quizá quien lo diga no sea consciente de ello, quizá no sabe cómo lo estás intentando.
Pero lo que es peor: nos han metido en la cabeza una opinión incierta que nosotros hemos creído y reforzado, nos han hecho creer que no valemos la pena, que no estamos a la altura, que no somos suficiente. Así que cuando llega el momento en el que las críticas exteriores desaparecen, ya es demasiado tarde como para no odiarse a si mismo. Qué triste, ¿no crees?

Preguntáis qué me pasa pero si os lo cuento vuestros ojos me juzgarán, vuestra risa burlona. ¿Qué puedo decir cuando nada consigue mejorar? Dejad de juzgarme, porque en el silencio hablan las voces de mi cabeza, ya nada puede cambiarlo. Esa luz que se ve frágil, lejos... está muriendo, poco o poco, día a día. Perdóname que no haya sido mejor hija, hermana, amiga, amante o persona,  por haber sido un problema. Pero no es vuestra vida y conseguís que ponga ya en duda si se trata de la mía. Aunque supongo que ya no duele, supongo que ya no molesta, ¿no? Si no veis cómo rompo a llorar, si no veis cómo trato de respirar mientras tapo mi rostro con las manos y me ahogo entre sollozos... hasta entonces estaré cuerda, ¿o acaso me equivoco? Qué grito más silencioso, ¿no crees?, se ha llevado todas mis fuerzas y sin embargo, nadie me ha escuchado, nadie ha decidido hacerlo.

Estoy cansada, me siento inútil. Estoy cansada de sentirme inútil. Las lagrimas salen y se dejan ver pero nunca caen y la rabia se extiende por todo el cuerpo, necesito ayuda. Tengo ganas de acabar con todo esto e irme, de dejar todo atrás, mis calmantes me destruyen y siento que todo lo que quiero me va dejando poco a poco, o que lo voy apartando. Parece una proporcionalidad directa, cuanto peor estoy más gente desaparece. Ya no tengo ganas de luchar, a veces sólo querría saltar al vacío.
Es la sensación de estar tan abajo que ni una cuerda de veinte metros podría ayudarme a salir de este pozo en el que me encuentro.


domingo, 11 de mayo de 2014

¿Por qué no puedes ver cuánto lo intento?

Creo que aún a estas alturas alguna gente sigue esperando algo de mi; no tengo demasiado claro si eso debería ser algo bueno o malo. Quizá fue mi culpa caer y ponerme esta camisa de fuerza en la que me encuentro, quizá es mi responsabilidad no tener ganas de hacer otro intento -¿el último?-, es cierto. Pero no veo salida y es grande la herida como para ignorarla, la frustración e ira me tiran hacia abajo, más abajo. Qué peligro supone para mí estar a solas, pero a su vez qué calma... qué silencio. No sé si debería dejarme estar con los gritos y pensamientos que me retienen cada vez con más intensidad. Es el fuego dentro cubierto por una capa de hielo exterior, que a veces explota y sangro las penas. Se deslizan hacia el suelo, muerta en vida, sin aliento.

Tengo la sensación de que me han apagado las luces, que alguien me está obligando a ir a la cama, es hora de descansar. Entonces, abrazada a la almohada, siento esa pesadez en mi. Me ahoga. Todas las sensaciones, sentimientos y recuerdos juntos dentro de mi. Soy una bomba a punto de explotar, me llevaré por delante todo lo que algún día quise o me importaba, ¿ acaso importa todavía?
De pronto, veo como me cierran la puerta, quiero salir pero me la cierran en las narices. La habitación queda oscura, demasiado, no hay salida ni ningún hilo de luz que se atreva a hacerse ver. Intento abrir esa puerta, abrir la persiana, salir de la cama, salir de casa. Pero no puedes entenderlo, susurra en mi cabeza que es tarde, me arropa diciéndome que me quede allí tendida, inerte. No merece la pena hacer un esfuerzo tan grande, aunque, ¿ni tan siquiera puedes ver cuánto lo intento?

Quizá entonces me mires a la cara confundido, puede que digas que no estoy haciendo nada por mejorar además de otras frases que harán que me desgarre mientrar observo en silencio. Si miras con atención puede que logres entender que no puedo hacer mucho más, y aunque pudiese, no tengo ningunas ganas de nada. Algo me está agarrando e insiste en llevarme consigo. Es cierto que no todos los días llueve pero son todos tan grises... ¿Quién va a conseguir sacarme de aquí si yo no puedo? Así que dejo de intentarlo y vuelvo a la cama, me cubro con todo lo que puedo. 

Para cuando la puerta se abra, ya no tendré ganas de hacer otro intento.